miércoles 1 de julio de 2009

Inspiración Anormal

Todos tenemos nuestros héroes, nuestras grandes figuras admiradas que forman parte del álbum de lo colectivamente famoso. Figuras que han cruzado valientemente aquellos trechos donde nunca hubo camino y sus pasos dejaron huellas imborrables en nuestra historia.

Amamos a los Ghandis, a los Franklins, las madres Teresas, los Papas, las Thatchers, los Mandelas, Einsteins, Shakespeares, Napoleones, Alejandros Magnos. Gigantes de la historia de la humanidad que también han topado con el favor de los vientos que esparcen sus grandes hazañas.

En el corazón profundo de nuestra admiración por los miembros distinguidos de la élite de la evolución humana, subyace algo terriblemente sospechoso.

Algo huele mal en el altar de los héroes que adoramos. No importa que sea el conquistador de América o nuestra propia madre, hay una parte de nosotros que prefiere admirar a personas en las que nunca queremos convertirnos.

Sabemos que muchos héroes no tuvieron una vida glamorosa. Está claro que pisaron espinosos caminos para colocarse en el podio de la admiración. Nuestra propia pleitesía hacia nuestros héroes es en sí una conspiración contra nuestra propia capacidad de encarnar sus logros. Elegimos personas con estándares que consideramos sobrehumanos, sólo por el simple hecho de que queremos permanecer tan sólo humanos.

La misma idea de saber que hay super hombres y mujeres que tendrán la velntía de hacer lo que miles jamás harían, apacigua nuestra culpa mediocre por no atrevernos a caminar sobre las brazas calientes de la evolución.

Hacemos una alianza silenciosa con los precursores del cambio, ellos se dejan la fama inmortal, nosotros dormitaremos en la confortable cama del anomimato de la trascendencia.

Tú eliges a tus héroes para no convertirte en ellos. Les das propiedades divinas para tener la excusa perfecta de no cruzar sus mismos senderos. Lees sus libros sin atreverte a considerarte su igual, sólo para consolar la vocecilla que te quiere llevar por las cruzadas de la excelencia que ellos trazaron. Cualquier evidencia de su imperfecta humanidad te aterra. No querrás descubrir que ostentan tus mismas vulnerabilidades. Tal descubrimiento desnudaría tu ardid contra tu verdadero potencial.

Tu inspiración ordinaria no es otra cosa que cloroformo para el alma.

Tus héroes inmortalizados en la memoria del mundo se reirían de tu desfachatez. Tú no quieres ser un héroe, tu quieres ser un admirador de héroes y nada más.

Tu complejo de inferioridad cobarde sólo puede ser machacado con la punzante y brillante verdad que nos dice que los héroes no son héroes si nadie sigue sus pasos. Que los santos para nada sirven sin discípulos que aspiren a su santidad y que los inalcanzables son mitos si no hay escaleras a sus moradas celestes.

La inmortalidad de los héroes es prueba de esperanza para los pocos escogidos que verán la luz de un nuevo amanecer de su consciencia. Consciencia que grita despiadadamente su deseo feviente de evolucionar.

Escucha esa voz y verás lo que es la inspiración anormal.